La ropa de honor

Tenía 10 años la primera vez que un hombre me tocó el culo en la calle. No lo conocía, ni lo busqué, pero su mano agarró con fuerza mi carne virgen. Yo vestía un short de cuadros que alcanzaba la mitad de la pierna, una camiseta lila de mangas cortas, medias y tenis. ¿Fui la culpable de que aquel desconocido que caminaba por la calle me tocara? Estoy segura de que no, pero parece que la Iglesia y algunos retrógrados en el mundo así lo quieren parecer.
Como si usar hábitos, faldas largas o blusas con el cuello hasta la barbilla alejara a los acosadores. No creo que a las monjas, las ancianas y las feas no las ultrajen o las violen. Como si la ropa concediera dignidad, como si la ropa fuera honor. Tal vez ese día que caminaba por el centro de mi ciudad fui indigna al mostrar la mitad de las piernas; no debí rendirme ante los más de 30 grados de temperatura sino preferir mi honor.
Ahora bien, cuando supe lo que está sucediendo sentí rabia, impotencia, asco y, al final, una inmensa tristeza, al reconocer la ignorancia y la falsa moral conservadora que se cierne sobre nuestras sociedades 'modernas'. En México la Iglesia católica sugirió que las mujeres no usen minifaldas ni ropa que 'provoque' el acoso masculino, ni participar en conversaciones picantes con hombres si no quieren ser agredidas.
Yo no dije ningún chiste picante. Ni siquiera pude hablar, ni antes ni después de que el hombre pasara por mi lado. El miedo ahogó mis palabras y no me permitió gritar para pedir ayuda.
La cosa no para en la Iglesia. En Uganda, el Ministro de Ética e Integridad sugirió prohibirles a las mujeres el uso de minifaldas porque parece que anduvieran desnudas, es indecente y debería ser considerado un delito. Tal vez las mujeres pobres de Uganda se fijen más en la ropa que les regalan y boten las prendas que las deshonran. Quizás ahora, con el poco dinero que consiguen, no compren comida sino faldas largas y anchas.
Pero lo que más me ha indignado (y esto sí es causa de sentir indignación) es que la Universidad Makerere en Uganda y la Universidad Autónoma de Sinaloa en México impusieron como norma la prohibición de la minifalda y los pantalones ajustados. Sus justificaciones fueron prevenir la violencia de género, la distracción de los hombres en las calles y evitar el morbo y que las "estudiantes se conviertan en una invitación para ser agredidas o molestadas".
En México la policía calló a los manifestantes; en las universidades, los centros autónomos del pensamiento, nadie ha hablado; en Uganda ya hay mujeres que apoyan la represión. ¿Nadie hablará?
Es ilógico, incoherente, irracional y machista que acusen a las mujeres por las culpas de hombres salvajes que no logran controlar sus miedos e instintos animales. ¿De nuevo un Herodes actúa y todos callan?
Ahora bien, cuando supe lo que está sucediendo sentí rabia, impotencia, asco y, al final, una inmensa tristeza, al reconocer la ignorancia y la falsa moral conservadora que se cierne sobre nuestras sociedades 'modernas'. En México la Iglesia católica sugirió que las mujeres no usen minifaldas ni ropa que 'provoque' el acoso masculino, ni participar en conversaciones picantes con hombres si no quieren ser agredidas.
Yo no dije ningún chiste picante. Ni siquiera pude hablar, ni antes ni después de que el hombre pasara por mi lado. El miedo ahogó mis palabras y no me permitió gritar para pedir ayuda.
La cosa no para en la Iglesia. En Uganda, el Ministro de Ética e Integridad sugirió prohibirles a las mujeres el uso de minifaldas porque parece que anduvieran desnudas, es indecente y debería ser considerado un delito. Tal vez las mujeres pobres de Uganda se fijen más en la ropa que les regalan y boten las prendas que las deshonran. Quizás ahora, con el poco dinero que consiguen, no compren comida sino faldas largas y anchas.
Pero lo que más me ha indignado (y esto sí es causa de sentir indignación) es que la Universidad Makerere en Uganda y la Universidad Autónoma de Sinaloa en México impusieron como norma la prohibición de la minifalda y los pantalones ajustados. Sus justificaciones fueron prevenir la violencia de género, la distracción de los hombres en las calles y evitar el morbo y que las "estudiantes se conviertan en una invitación para ser agredidas o molestadas".
En México la policía calló a los manifestantes; en las universidades, los centros autónomos del pensamiento, nadie ha hablado; en Uganda ya hay mujeres que apoyan la represión. ¿Nadie hablará?
Es ilógico, incoherente, irracional y machista que acusen a las mujeres por las culpas de hombres salvajes que no logran controlar sus miedos e instintos animales. ¿De nuevo un Herodes actúa y todos callan?
Comentarios
Suele suceder que estos individuos son cobardes que sólo se aprovechan de mujeres que se ven indefensas. Sigo siendo partidario de cortar la mano a quién ose delinquir con ella.
Pero sigo considerando que una sociedad pacata y pseudomoralista... ¿Qué le cortamos a los cómplices de semejante estupidez?