Cuerpo de hombre blanco
Su piel blanca es suave como un pétalo de rosa, provoca tocarla. Su espalda es larga, muy larga... ¡Cuánta piel para tocar! Justamente ahora duerme con su pecho en la cama y su espalda libre a mis ojos, a mis antojos. Me acerco sigilosa, curiosa, inquieta... Desde el sur sólo veo los nevados que se extienden en mi colchón... ¡Qué piel tan blanca¡ Camino al norte y me detengo en sus costillas... simplemente deliciosas, delicadas, divinamente mías. Me extiendo sobre él para detenerme en su cuello. Sus músculos largos están relajados, duerme bien... más piel blanca. Su cabello cae desordenado, fibras de un negro suave que se acomodan a la forma de su cara y de mi almohada. Me meto sin inocencia entre sus brazos también largos y blancos. Sus manos fuertes me atrapan por la cintura y me arrastran contra su cuerpo. Una suavidad cálida me toca desde la nuca hasta los pies. Sus mejillas planas se acomodan sobre mi cuello. Está cómodo y yo también. El aire cálido de su respiración calienta mi pecho. Su mano reescribe mi cintura, mi pierna, mi entrepierna. Me gusta su olor, suave, permanente, propio. Giro mi cuerpo y lo encuentro frente a mi. Prefiero no ver sus ojos sino su mirada. Me abstrae, me libera, me indaga. Su rostro es blanco, tan blanco como su espalda. Sus mejilla son rosadas, también sus labios carnosos que se acercan a mi. Un beso blanco de hombre blanco. Sus manos blancas, su pecho blanco, su espalda blanca, su aroma blanco. Blanco cuerpo de hombre blanco... que blanca delicia.
Comentarios
La cama ese tablero en que queden sellados los momentos de una mirada oscura en un cuerpo manchado de blanco.