Los libros de la guerra


La historia de los libros de la guerra no se cuenta en páginas. Se hace, más bien, en una continuidad de circunstancias, de minutos y días. La historia de los libros de la guerra es la historia de las bibliotecas públicas; no de esas con inmensos salones y estanterías gigantes llenas de títulos en español, inglés, francés, alemán... Sino la de las bibliotecas de los pueblos con libros desarmados, húmedos y con una nostalgia de vejez como la que suelen tener muchos parajes colombianos.

Cuando a Leticia, Beatriz y Juliana las mataron, yo estaba leyendo a Madame Bovary y tenía 14 años. Había tomado el libro de la biblioteca pública de Cúcuta, a la que me había afiliado después de negociar con mi mamá el ahorro que traería el prestar libros y el no soportar mi cantaleta para comprarlos. Despegué los ojos de la lectura no por cansancio, sino por el ruido de los disparos que me hicieron recordar que mi primo se había ido en dirección hacia donde venía la tragedia. Las muertas fueron muertas, mi primo regresó caminando desprevenido con las compras de la plaza de mercado y yo seguí leyendo en calma, con la misma calma extraña que asume la gente de los pueblos tras la violencia a la que ha terminado por acostumbrarse. Si fueron los paracos, si fueron las FARC, fuera el que fuera, se sabría en un rato.

Era raro leer libros en un pueblo. Extraño porque casi nadie lo hacía, o al menos yo no lo veía. Pero fue justamente en el pueblo donde estuve por primera vez en una biblioteca, tenía 8 años y todo fue gracias a que el alcalde del pueblo nombró bibliotecaria a mi tía. Valga aclarar que mi tía apenas leía el santoral de las Vía Crucis de Semana Santa y la novena de Navidad. Pero por esa milagrosa coincidencia político-laboral, que yo he de celebrar la vida entera, conocí a TinTin y por ahí salté a Sócrates, luego a Gabriel García Márquez, recorrí el mundo con las enciclopedias de geografía y terminé por explicarle a mi abuela que el misticismo de Cleopatra radicaba no en su belleza sino en su inteligencia, porque ella había crecido en Alejandría y Alejandría era un tesoro de libros, como el que yo estaba descubriendo.

Cuando por primera vez vi un niño muerto y el soldado que lloraba por haberle disparado accidentalmente, yo estaba sentada en la puerta de mi casa viendo un libro de fotografías de Colombia. Tenía 10 años y el recuerdo de la sangre y el llanto desconsoladamente culpable serán imposibles de borrar. Cuando los paracos llegaron conquistando las mujercitas de 15 años, como yo, me protegía entre la biblioteca y la cocina de mi abuela. Estaba leyendo El Perfume de Patrick Suskid cuando vi a dos mujeres, una de 17 y la otra de 20, peleando con arañazos y jalones de pelo, en el parque del pueblo, por el comandante de las AUC que las había dejado embarazadas a las dos; yo intentaba entender por qué el perfume de la virginidad provocaba irracionales consecuencias.

Ese mismo año agradecí al cielo el haber tenido en mi maleta la Antología de Grandes Reportajes Colombianos de Daniel Samper Pizano. Había negociado con mi nana el poder llevarlo, era gordito y pesaba en el equipaje, pero yo lo necesitaba. Y bien habría de confirmar la necesidad cuando me senté en una piedra de la carretera a esperar por tres horas que la guerrilla hiciera su pesca milagrosa. Mientras la gente hablaba tensa, esperando su turno, mi cabeza escuchaba las voces de los cronistas de indias y a un Gabo que me contaba cómo un ingeniero alemán se afeitaba con jugo de durazno durante los racionamientos de agua en Caracas.

Esos son mis verdaderos libros de la guerra. No los de los pazólogos con los que solucionan el conflicto colombiano, que a pesar de todo lleva 60 años. No los de teorías agónicas de resolución de un conflicto que en la carne se siente diferente a las letras que lo explican. Mis libros de la guerra son aquellos que me sacaron del conflicto en los instantes indicados, que me abstrajeron para enseñarme mundos distintos, ya revolucionados por la imaginación, las palabras y las ideas, y no por las armas y los muertos sin nombre.

Los libros de la guerra son los de las bibliotecas públicas de los pueblos perdidos en donde se siembra creatividad que germina en ideas como Macondo y florecen noveles; o sencillamente se construyen pacifistas como yo.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Cada vez hay más piel en tus letras!!!
www.elbodegoncultural.blogspot.com ha dicho que…
Es realmente agradable encontrar en mi correo personas como tú te invito a ver elbodegoncultural.blogspot.com

Entradas populares